CINE CRÍTICAS

CRÍTICA| Los chicos de la banda

La adaptación de la obra teatral de Mart Crowley de 1968, que trata la homosexualidad en los años 70 mezclando la dosis perfecta de drama y comedia.
Los chicos de la banda (1968) / Fuente: Sensacine

La obra de teatro de Mart Crowley fue la pionera estadounidense en tratar el tema de la homosexualidad, pues los conocidos disturbios de Stonewall, donde miembros del colectivo se enfrentaron a la policía, no fueron hasta el año siguiente, 1969. De forma que Los chicos de la banda fue la primera obra teatral protagonizada enteramente por personajes homosexuales, que además no tenía un final trágico. En 1970 fue además estrenada como película bajo la mano del director William Friedkin.

En 2020, bajo la dirección de Joe Mantello y la producción de Ryan Murphy, llegó la segunda adaptación a la gran pantalla de Los chicos de la banda. El reparto que da vida a esta singular historia es de lo más destacado. Se trata de seis amigos gays que se reúnen en en el apartamento de uno de ellos para celebrar el 32 cumpleaños de otro.

Jim Parsons es Michael, el anfitrión de la fiesta, un hombre religioso que no acaba de aceptar su sexualidad. Zachary Quinto como Harold, el cumpleañero. Un hombre presumido que pasa horas y horas frente al espejo para tratar de cubrir su falta de autoestima. Matt Bomer da vida a Harold, posiblemente el más amable de todo el grupo. Un chico sencillo, discreto y muy atractivo. Andrew Rannells es Larry, un chico que vive su vida con la libertad por bandera. Adora las relaciones fugaces y los encuentros fortuitos, ¿el problema?, su amante, Hank, al que da vida Tuc Watkins. Este está totalmente enamorado de él. Se divorció de su mujer para estar con Larry y no acaba de aceptar que este no quiera una relación seria y cerrada. Robin de Jesús es Emory, el gracioso, fiestero y más exuberante de todos. Y por último, Michael Benjamin Washington como Bernard, un hombre callado que no desarrolla su personaje mucho más allá. A medida que pasa el tiempo, el alcohol en vena va aumentando y por consiguiente también lo hacen la tensión y los malos rollos. Además, para más inri, otros dos personajes se unen a la trama. “Cowboy” (Charlie Carver), un chico que ha sido contratado como “regalo” especial para el cumpleañero; y un examigo del anfitrión, Alan (Brian Hutchison), un hombre heterosexual que no ve con buenos ojos al colectivo.

Los chicos de la banda (2020) / Fuente: Netflix

La película comienza de una forma bastante común en el cine. Presentando a los personajes a través de una serie de planos sucesivos sin diálogos, donde les vemos prepararse para la fiesta. Así vamos conociéndolos hasta el momento en que se reúnen todos. Un precioso apartamento en pleno centro de Nueva York, amigos, tarta, copas, música y bailes, ¿qué podría salir mal?

Los problemas empiezan en el momento en que, tras un ataque de odio injustificado de Alan a Emory, este acaba con la cara ensangrentada, y el primero llorando encerrado en el baño. A partir de aquí la historia toma un rumbo inimaginable que pilla al espectador totalmente por sorpresa. Michael propone un juego, conducido por el odio que está empezando a sentir por su examigo Alan, y con el propósito de sacar a la luz los secretos más oscuros de este. El juego consiste en llamar a la persona que cada uno de ellos ama, si esta contesta ganan puntos extra, y si se declaran, los puntos van en aumento. Pero algo que en principio parece divertido, acaba en tragedia. El tono festivo que los amigos portaban al inicio de la fiesta, entre risas, elogios y bailes, acaba con cuchillos volando de un lado para otro -aunque no literalmente-.

Fotograma / Fuente: Netflix

Los chicos de la banda trata la homofobia que se vivía en los años 70, pero que fielmente vemos reflejada, muy a nuestro pesar, en la actualidad. Mucho tiene que ver la sociedad de aquella época con la actual, caracterizada por la frustración, la depresión y la falta de amor propio. Estos son elementos que, de una forma u otra, portan cada uno de los personajes y vivimos en nuestras propias carnes día tras día. La película ahonda también en la libertad de expresión de una forma muy especial. Todos estos personajes son libres en el momento en que entran al apartamento, donde pueden dar rienda suelta a su verdadera personalidad. Una especie de pequeño oasis en medio del caos, podríamos decir. Pero en este caso, el oasis acaba siendo el verdadero caos, el verdadero desorden. Pero sobre todo, es una historia acerca de la homofobia interiorizada, la peor. Esa falta de amor propio del que hablaba antes, y de autoestima, junto a la necesidad de la aprobación constante, que vemos reflejado sobre todo en el personaje de Jim Parsons. Una película necesaria, totalmente recomendada y digna de ver más de una vez.

Tráiler oficial de la película

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